Nuestra guerra en Gaza no solo se libró con misiles, sino con narrativas. Desde hace dos años la maquinaria mediática de la judeofobia se la pasó repitiendo el eslogan del supuesto “genocidio en Gaza”. Se la pasaron describiendo emociones y no hechos, pero ahora con el cese al fuego y la devolución de los secuestrados, se reveló lo evidente: que nunca hubo un tal genocidio, sino que mas bien fue una guerra defensiva del País de los Judíos contra una organización terrorista que instrumentaliza a su propia población. El problema es que la verdad y los hechos no tienen tanto impacto visual como cualquier imagen de sufrimiento cuidadosamente manipulada por Hamas.

La definición jurídica de genocidio exige que haya una intención deliberada de exterminar a un pueblo. Israel, en cambio, interrumpió las operaciones militares precisamente para salvar vidas, tanto de los secuestrados como las de civiles gazatíes que son extensamente usados como escudos humanos. Esta paradoja es imposible de encajar en la narrativa de los wokes occidentales porque el progresismo mediático adoptó la guerra de Gaza como una Cruzada Emocional. Es decir, ellos en ningún momento han tratado de entender la complejidad de nuestra guerra, sino que la han usado para sentirse parte de una causa moral y sentirse “defensores de la justicia”. Estos antisionistas cambiaron la racionalidad por pancartas, selfies y eslóganes para tratar de darle sentido a su vacío existencial.

La cultura woke no busca la verdad, sino que busca pertenencia. Las multitudes que se la pasaban marchando y pidiendo un “alto al fuego” desaparecieron cuando por fin ese alto al fuego llegó. Ellos nunca buscaron la paz, sino el drama. Ellos necesitan el conflicto como combustible para buscar pertenencia a alguna causa. Necesitan siempre tener a un enemigo porque esta gente no tiene otra razón de justificar su (inexistente) identidad. Esto es porque el activismo se volvió la nueva religión en occidente. En lugar de rezos a un ente Trascendente, ahora gritan consignas antisemitas. En vez de templos, ahora se reúnen en el hate de las redes sociales.

Pero a diferencia de la religión, el activismo de los progres no les da trascendencia. No los redime de nada ni los transforma como seres humanos. Solo logran generar ruido y por fin se sienten parte de algo. Por eso, cuando la guerra de Israel se detiene, estos activistas de selfies sienten que se quedan sin causa, sin propósito, sin pertenencia, sin historia que contar. Y el punto más oscuro de este proceso es que ahora ellos volvieron sagrado al sufrimiento de los gazatíes. La razón es que ellos necesitan que existan víctimas en Gaza porque las convirtieron en figuras sagradas, inmunes a la crítica y en la fuente de su relato de supuesta “legitimidad moral”. Cuanto más víctimas ellos perciban que hay en Gaza, más razón creerán tener para así sentirse en el lado correcto y continuar siendo parte de algo. Esa lógica perversa convierte a la tragedia de la guerra en una herramienta ideológica adictiva.

De ahí surge la dialéctica del victimismo porque, para ellos, Israel necesita ser visto para siempre como el villano ya que somos los fuertes. En cambio, Gaza solo puede ser “justa” porque sufre. En esa narrativa progre no hay espacio para la verdad, porque en su nueva pseudo religión woke, el dolor se volvió un argumento absoluto. Por eso, el resultado de estos activistas antisionistas, es un mundo en el que la compasión se vuelve en un espectáculo y la supuesta “verdad” la miden según el número de likes. Se inventaron un mundo en donde los mismos que piden justicia, celebran la humillación de los judíos y en el fondo necesitan que la guerra se prolongue, porque lo importante no es la moral sino la sensación de superioridad moral.

Mientras Israel devuelve a los secuestrados de las garras de Hamas, los mismos que gritaban “genocidio” ahora se esconden en silencio. No hay disculpas, ni rectificaciones, ni reflexión. La ideología progre no sabe reconocer errores, porque vive de la narrativa y no de los hechos. Por eso aunque el cese al fuego haya llegado, la guerra del relato continúa. Ellos necesitan el relato porque es su raison d’être. Quizás por eso su ideología sea esa la más peligrosa, porque promueven una guerra donde la verdad ya no importa, y donde la mentira, si causa emociones lo suficientemente conmovedoras, se convierte en bandera.

A pesar de eso, Israel triunfaremos porque nuestro objetivo de dar luz al mundo no es algo de ayer, sino milenario. Ya en el pasado nos hemos enfrentado a otros mitos judeofóbicos y los hemos desplomado. También a esta farsa la venceremos. Somos un pueblo eterno, mientras que nuestros enemigos son polvo en museos y páginas de historia. La crisis de identidad que hoy padecen estos progres occidentales será solucionada con Tora, con Leyes Noájidas que le darán una perspectiva trascendente a occidente y llegaremos a días de alegría.

23 de Tishrei, 5786

Israel

5 respuestas

  1. Esta nueva religión del victimismo engarza perfectamente con aquella caracterización atribuida a Lenin en referencia a los que desde el supuesto progresismo apoyan movimientos totalitarios , criminales hasta con sus propia gente y les hacen propaganda defendiendo intereses totalmente contrarios a los que dicen defender

  2. Amor al rabino, muy buena reflexión de su parte de la cultura y fanáticos ocultos de Hitler, solo que ahora nosotros somos esos supuestos nazis por sus emociones y narrativa estúpida. Alabado sea el pueblo de Hashem